El pulpo llegó en un sueño, y se quedó como una identidad. Un símbolo que fue desplegando sus propias pistas, trascendiendo la idea del tótem para convertirse en el territorio más honesto de la práctica: el autoconocimiento a través de una sola forma que ha ido liberando muchas otras.
El trabajo surge de epifanías escritas en el diario: frases que llegan en sueños lúcidos, imágenes que aparecen mientras se pinta, preguntas que no se cierran. Los fondos son fluidos, mojados, cian y magenta; sobre ellos las formas del pulpo se construyen con línea suelta. Como el animal mismo — sin huesos, sin caparazón, produciendo su propia tinta — cada obra encuentra su forma desde adentro.
Es un viaje de autoaceptación y compromiso con la creación que se ha ido abriendo hacia lo inconmensurable; la certeza de que cada forma concreta, cada obra, cada epifanía, cada límite... es una puerta.